Esbozo

Afiló bien las palabras para hacer un trazo lo más definido posible de la idea que tenía en la mente. Respetó los márgenes teniendo en cuenta la interpretación del lector. Trató de guiarse por los renglones sin salirse de la raya ni desperdiciar el espacio. Entonces cogió el lápiz. ©Pepa Marrero.

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Iusión

ILUSIÓN

Como cada año, hasta donde alcanza mi memoria, la víspera del día de Reyes me invade una dosis de ilusión que casi no me cabe en el cuerpo. Tal vez tenga que ver el recuerdo de aquella casa grande en la que mis libros reposaban en el alféizar de la ventana. Quizá sea el recuerdo de aquel cinco de enero por la noche. Me acosté nerviosa como cada víspera de Reyes, pero además me di cuenta de que desde mi cama se veía la puerta del dormitorio de mis padres. La puerta para entrar y salir al patio, ya que no se comunicaban las distintas estancias de la casa. De cada habitación había que salir al patio para entrar en cualquier otra. Pero mi padre aquel año había hecho un hueco para comunicar nuestro dormitonio con el de ellos. Por eso esa noche de Reyes, dando vueltas para un lado y para otro, tratando de dormir, descubrí que se veía perfectamente el ojo de la cerradura. Un ojo enorme porque la llave de aquella puerta era grande, negra, de hierro. Era la llave con la que se curaban los orzuelos, la llave macha decían que se llamaba. También veía desde mi cama una parte del ventanillo y el gancho del aldabón. Desde mi cama miraba con curiosidad, con inquietud y con una especie de miedo por si entraban y me veían despierta. Siempre había escuchado que si los Reyes Magos encontraban unos ojos abiertos no podían entrar porque se les estropearía la magia, así que cerraba los ojos, los abría un poquito y los volvía a cerrar. En un abrir y cerrar de ojos los vi. Los vi entrar. Vi que entraba un humo de colores y en cuanto empezó a hacerse corpóreo me asusté tanto que me di la vuelta y cerré los ojos tan fuerte que me quedé dormida inmediatamente.

Al día siguiente, por la mañana, me despertó la voz de mi padre que le decía a mi madre: “Mira, mira, ya los Reyes pasaron por aquí, mira cuántas cosas dejaron”. Hablaba en voz alta con mi madre para que me despertara y lo consiguió. Me fui corriendo a su dormitorio y corrí la cortina que tapaba el vano de la enorme puerta y allí encontré la bicicleta roja, la muñeca rubia del mismo tamaño que yo a la que le puse el nombre de Marisol y, en la cesta que tenía la bicicleta en la parte delantera, una naranja. Ellos han acertado siempre dejándome casi todo lo que les pido, pero la naranja yo nunca la pedí y tampoco me gustaba. Si hubiesen dejado un melón aunque no lo hubiese pedido, al ser mi fruta preferida, sólo habría sido una demostración más de que son infalibles. Nunca entendí lo de la naranja y aunque no lo he olvidado tampoco le he dado mayor importancia. Supongo que también tienen derecho a tener un despiste por muy magos que sean. Así pues, aquí estoy, ilusionada como cada víspera de Reyes, recordando aquel cinco de enero que los vi entrar por el ojo de la cerradura y tratando de dormir.

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PERDER MOLA

Jugaría otra vez a verdad o consecuencia para darte gustosamente el beso impuesto como castigo, porque volvería a perder. Perdería una y mil veces. Me dejaría ganar una y otra vez para elegir la consecuencia aunque sólo fuera un juego.

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Arcoiris

De pequeña estaba convencida de que podía subir por el arcoiris. Eso sí, tendría que ser un día que la suerte estuviera de mi parte y el arcoiris naciera justo en el sitio donde yo me encontrara ya que hasta ese momento no habíamos coincidido. Siempre lo veía a lo lejos. También debía estar muy atenta para verlo nacer porque se me podía escapar la gran oportunidad. Lo de estar siempre muy atenta era realmente importante porque a veces desaparecía en segundos. Soñé con ese grandioso acontecimiento durante unos años. En ocasiones, cuando lo veía a lo lejos, la mayoría de las veces sobre el mar, me imaginé subiendo con toda la alegría y la seguridad que dan los peldaños de colores. Llegué a sentir los latidos apresurados de mi corazón soñándome al otro lado del puente polícromo. Sí, en mi imaginación podía revolcarme en el césped donde estaba enterrada la otra pata del arco. Allí, en el otro lado del puente multicolor nunca me planteé si el arcoiris seguía estando o si se había borrado. Sólo recuerdo las miles de gotas de rocío sobre la trebolina y el frescor de la brisa en mis cachetes. Supongo que al imaginario poco le importa el después y me parece que tiene sus razones. También supongo que si puedo ir a los sueños de mi infancia con la de años que me separan de ella, es posible que un día nazca un arcoiris a mis pies.

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Similitudes

Línea viuda,

incomprendida,

encabezando la página

que le tocó por azar.

Fuera de contexto

y de su propia historia

que dejó abierta, sin final.

Nula es sin su pasado,

el futuro no le pertenece,

ya no tiene más que hablar.

Inicia páginas en blanco

sólo por falta de espacio,

sabe que estando al principio

no es más que un final.

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Cuento perverso

Estuvo pensando mientras se acercaba a la casa si era buena idea volver. Allí había sido muy feliz durante muchos años y habría seguido siéndolo, probablemente, de no haber pasado lo que pasó. Pero ocurrió y todo cambió para siempre. Un ligero soplo cambia el rumbo de la mariposa. Una pequeña piedra desvía el cauce de un riachuelo. En su caso fue un bulo que se propagó como el fuego, devastando la tranquilidad y la armoniosa rutina de su hogar. Ingresar a su mujer en el psiquiátrico fue terrible, pero también lo fue tratar de demostrar su inocencia. Por eso cerró su casa y se fue del barrio que le vio nacer y que estuvo a punto de quitarle la vida. A unos cinco pasos de la puerta le empezaron a temblar las piernas y el miedo se le volvió a clavar en las entrañas. Dio la vuelta y caminó muy rápido por donde mismo había venido.

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Hay cosas que nunca cambian

Organizaron una comida para celebrar el reencuentro familiar. Habían pasado siete años desde aquel día en que Marta hizo las maletas, puso a Bruno en el carrito, le dijo: “nos vamos cariño” y juró no volver jamás. Desde la muerte de su marido se sintió como pieza de otro puzzle en aquel pueblo, en aquella familia, en aquellas cuatro paredes. Por eso decidió marcharse de nuevo a su país. Había sido feliz con Daniel, pero sólo al comienzo, cuando se conocieron. Él había ido a Verona por trabajo y todo fue muy rápido. Daniel se enamoró de aquella vendedora de helados pequeña y delgada rebosante de energía, de su gracia y del genio que le brotaba sin filtros. Todo en ella le resultaba mágico. A Marta le volvió loca la tez morena de Daniel, la pachorra, el brillo embelasado de sus ojos y la sonrisa socarrona. Pero todo eso fue al principio, con el paso del tiempo todo lo que suscitó una atracción mutua se fue convirtiendo en motivo de reproche. Cuando Daniel le propuso irse con él para su tierra, ella le dio la noticia del embarazo. Las nuevas ilusiones les distrajo de la apatía en la que empezaban a nadar. La llegada a la isla para Marta no fue como había imaginado. Percibía una mano invisible que le impedía acercarse a la familia de Daniel. Las miradas entre ellos también frenaban su espontaneidad. Percibía la misma sensación con la gente del pueblo y la misma mano que la mantenía a raya de todo y de todos, la misma mirada que le hacía sentir en todo momento que era una intrusa.  Daniel salió una tarde, como tantas otras, a jugar a las cartas con los amigos en el bar de Vidal. Marta rompió aguas y el hermano de Daniel la llevó al hospital materno porque Daniel le dijo que iría en cuanto terminara la partida. Era una tarde lluviosa y fría de diciembre. Daniel cogió el coche. Había perdido la partida, había bebido unas cuantas copas, encendió la radio y aceleró. Marta sudaba, empujaba como le decía la matrona. Raúl, el hermano de Daniel, paseaba inquieto por el pasillo de la planta de maternidad. Después de siete años la madre de Daniel pensó que ya era hora de enterrar el pasado y volver a ser una familia. Cuando Raúl recibió la llamada de su madre estaba tomando un helado con Bruno en la heladería de Marta. Miró la pantalla y mientras decidía si contestar o no, se cortó la llamada. Volvió a sonar el teléfono y contestó. Miró a Marta y a ella se le borró la sonrisa de la cara. Llegaron a la isla un miércoles por la noche, así que no vieron a nadie hasta el jueves a la hora de la comida. Allí estaban todos conversando, riendo, brindando. Cuando estuvieron todos sentados alrededor de la mesa se hizo el silencio, aparecieron las miradas y Marta se levantó,  le dio la mano a su hijo y salieron. Raúl les sigiuió. Se paró en la puerta, volvió la cabeza hacia atrás, los miró mientras se le escapaba un suspiro y se marchó.

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*La importancia de lo invisible

Ayer andábamos Carmen y yo por una calle de Arucas, disfrutando del paseo que nos llevaría a la biblioteca donde cada mes hay un jueves de versos con chocolate. Vimos las flores que adornan el comienzo de la calle y saludamos a la dueña de la floristería, una mujer encantadora, de ojos verdes como las hojas que la rodean mientras riega unas petunias que inundan las retinas de violetas, rosados, blancos y rojos. Al escuchar el saludo nos regaló una agradable sonrisa y unas palabras cariñosas.

Carmen, desde sus seis años lo observa todo con entusiasmo. Me dice que la tienda de souvenirs que está frente a la floristería le encanta porque tiene tazas con lugares que ha visitado, que hay relojes con la Virgen del Pino, imanes con plátanos, delfines y pintaderas para la nevera y unas camisetas con frases que ya sabe leer. Mientras me va contando, la tienda se nos va quedando atrás y seguimos avanzando por los adoquines hacia la biblioteca. Ella me adelanta y se para muy cerca de una cantonera poblada de culantrillo, resguardada por unas rejas de hierro torneadas en las que cuelgan unos candados que llevan nombres escritos. Carmen me mira y me dice que esos candados son de amor y que ella nunca los toca por si acaso les pase como a las alas de las mariposas, y me explica con ojos grandes, llenos de inocencia y magia, que las alas de las mariposas tienen un polvo invisible que se te pega en los dedos si las tocas y las mariposas mueren.

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*Mamá

Tu sonrisa serena, tu presencia sabia,

ese estar pendiente sin que se note,

Tu energía le dibuja alas a mis sueños

y, a veces, mientras vuelo,

siento que eres el aire que sostiene mi aleteo.

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*Inconformismo

Tampoco pudo parar el tiempo. Creyendo que lo había intentado todo se desanimó y se puso nervioso. Con su escudo y su espada siempre desenfundada logró aislarse de todos. Siempre quiso ir más allá. Más allá de lo blanco y de lo negro, más allá de cualquier color. Más allá del más allá. Lo diseccionó absolutamente todo y no  dejó títere con cabeza. Analizó y sometió a crítica absolutamente todo cuanto se acercara a su universo. Con un examen tan exhaustivo era imposible que algo le resultara perfecto o al menos ideal o adecuado. Fue imposible salvar algo. Y de la misma manera que un niño destroza su cochecito de juguete y se queda sin él por querer saber cómo se mueven sus ruedas, cómo se encienden las luces y suena la pita, por qué se mueve para atrás, por qué hace ruido y por qué no hará otras y por qué no es de otra manera, de la misma manera lo perdió todo y ya no pudo recomponer absolutamente nada.

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